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Cuento de Navidad de Charles Dickens | Stories in Spanish from well-known authors

Episode Transcript

Estudiante, ¡ya es Navidad! Bueno, fechas navideñas… Y este es el último episodio del año 2025, pero por supuesto volveré en 2026. ¡Y espero que tú también lo hagas!

Y como estamos de ambiente navideño, hoy quiero traerte una historia muy especial, una de las más tradicionales y queridas de la literatura universal.

Cada año, en estas fechas, millones de personas vuelven a leer o a escuchar este cuento, porque nos recuerda algo que, entre compras y prisas, a veces olvidamos: el verdadero sentido de la Navidad.

Antes de empezar con el episodio quiero recordarte que puedes usar todos los recursos gratuitos que vienen con el episodio para aprender más y mejor. Transcripción con traducción al inglés, tarjetas de vocabulario, etc. Todo en la web spanishlanguagecoach.com

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Y ahora sí, hoy vamos a viajar al Londres del siglo XIX para encontrarnos con un hombre frío y solitario, un hombre que solo piensa en el dinero y que no cree en la bondad ni en la alegría. Pero una noche, todo cambia. Tres espíritus lo visitan y le muestran el valor del pasado, del presente y del futuro. ¿Sabes de qué cuento hablo?

El cuento que he elegido para ti hoy es Cuento de Navidad, del escritor británico Charles Dickens, publicado por primera vez en 1843. Desde entonces, ha sido adaptado al teatro, al cine y a la televisión, pero sobre todo ha seguido tocando corazones en cada lectura.

Así que, mientras se acercan estos días especiales, te invito a escuchar esta historia que nos recuerda que nunca es tarde para cambiar.

Empezamos con Cuento de Navidad, de Charles Dickens.

Marley estaba muerto. No hay duda de eso. Lo firmaron el sacerdote y su socio, Scrooge. Todos sabían que Marley estaba bien muerto.

Y eso era importante, porque si Marley no hubiera muerto, la historia que estás a punto de leer (o escuchar) no tendría ningún sentido.

Scrooge sabía perfectamente que su socio había muerto. Habían trabajado juntos muchos años. Scrooge fue su único amigo, el heredero de su negocio y, probablemente, la única persona que acompañó el ataúd hasta el cementerio. Pero incluso ese día siguió trabajando como un día normal, como el buen hombre de negocios que era.

Scrooge era un hombre duro, egoísta y frío como el hielo. La avaricia se le notaba en la cara: tenía los ojos pequeños y fríos, los labios delgados, la voz áspera y la piel pálida como la nieve. Nunca reía. Nunca daba limosna a los pobres. Nunca saludaba a nadie y nadie lo saludaba a él. Vivía solo, y le gustaba que su vida fuera así.

Era la víspera de Navidad. En las calles de Londres todo era gris, había niebla y un aire tan frío que hacía llorar los ojos. La gente iba de un lado a otro comprando regalos, cantando villancicos, hablando de la cena que les esperaba. Pero Scrooge, sentado en su oscuro despacho, solo pensaba en el trabajo y en el dinero.

Su empleado, Bob Cratchit, trabajaba en silencio en un rincón, intentando calentarse con la pequeña vela que le daba su jefe. Bob estaba helado, pero no se quejaba.

Entonces se abrió la puerta y entró una persona joven que dijo con una voz alegre:

—¡Feliz Navidad, tío! ¡Que Dios te bendiga!

Era el sobrino de Scrooge, Fred.

—¡Bah! —gruñó Scrooge, enfadado—. ¡Tonterías!

—¿Tonterías, tío? —repitió Fred—. ¿Por qué? La Navidad es un tiempo de amor, de perdón, de alegría.

—¿Amor? ¿Alegría? —respondió Scrooge con sarcasmo—. ¿Qué derecho tienes a estar alegre? Eres pobre.

—Y tú, ¿qué derecho tienes a estar triste? —dijo Fred sonriendo—. Eres rico.

—¡Feliz Navidad! ¡Feliz Navidad! —repitió Scrooge, con ironía—. Es una excusa para no trabajar y gastar dinero. 

—No quiero discutir —respondió su sobrino—. Solo he venido a invitarte a cenar mañana.

—¡No pienso ir! —dijo Scrooge.

—Lo siento, tío. De verdad. Pero aunque no vengas, te deseo unas felices fiestas.

El joven se marchó con una sonrisa, y Scrooge se quedó en su oficina, enfadado.

Apenas se había cerrado la puerta cuando entraron dos caballeros bien vestidos.

—¿El señor Scrooge? —preguntó uno—. Venimos a pedir una donación para los pobres. Muchos no tienen comida ni refugio en estos días tan fríos.

—¿Y no hay asilos para pobres, no hay cárceles? —preguntó Scrooge.

—Sí, señor, pero muchos preferirían morir antes de ir allí.

—Entonces que mueran —respondió sin levantar la vista—. Así disminuirá la población.

Los hombres lo miraron con horror y salieron sin decir nada. Scrooge se quedó solo, satisfecho con su respuesta.

Cayó la noche y la niebla se hizo más espesa. El viejo cerró el despacho y caminó hacia su casa, un sitio oscuro, solitario y silencioso. Al meter la llave en la puerta, Scrooge se detuvo. El llamador de la puerta tenía la forma de un rostro. Era el rostro de su antiguo socio Marley.

Tenía los ojos bien abiertos y lo miraba fijamente con una expresión triste. Scrooge cerró y abrió los ojos, y el rostro desapareció. El corazón le latía fuerte por el miedo, pero enseguida se obligó a reír.

—¡Bah! ¡Tonterías! —se dijo.

Subió las escaleras, encendió una vela y se sentó junto al fuego. Pero de pronto, oyó un ruido. Era un sonido metálico, como de cadenas que se mueven por el suelo. El ruido se hizo más fuerte, más cerca. Y entonces… apareció él.

Era el fantasma de Marley.

Tenía la misma cara de siempre, pero su cuerpo era transparente. Alrededor del pecho y de la cintura llevaba una larga y pesada cadena hecha de monedas, candados, llaves, cajas fuertes y libros de cuentas.

—¡Marley! —gritó Scrooge—. ¡No puede ser! ¡Estás muerto!

—Lo estoy —respondió el fantasma con una voz terrorífica—. Pero estoy condenado a caminar sin rumbo y sin descanso por el mundo. Cuando estaba vivo solo pensaba en el dinero. Y ahora debo cargar para siempre con esta pesada cadena que yo mismo hice.

Scrooge intentó mantener la calma y dijo:

—Es solo una ilusión…

El fantasma lanzó un grito terrible. Scrooge cayó de rodillas.

—Marley, por favor… ¿por qué vienes a verme?

—Vengo a advertirte para que no te pase lo mismo que a mí —dijo el fantasma—. Aún puedes salvarte. Pero tendrás que cambiar. Esta noche recibirás la visita de tres espíritus. Si no aprendes de ellos, tendrás un destino tan triste como el mío.

Scrooge quiso preguntar más, pero el fantasma desapareció. Exhausto, Scrooge se quedó profundamente dormido.


El primer espíritu

A medianoche, una luz lo despertó. Ante él apareció un ser extraño: parecía un niño y un anciano al mismo tiempo. De su cabeza salía una luz suave y brillante.

—Soy el Fantasma de las Navidades Pasadas —dijo—. Ven conmigo.

El espíritu lo llevó al pasado. Scrooge vio a su yo de niño, solo en una escuela fría y vacía, leyendo junto a una vela.

—Pobre niño —dijo—. Yo… yo fui ese niño.

En un instante la escena se transformó: el niño creció y Scrooge se vio a sí mismo, de unos 16 años. Su pequeña hermana venía a buscarlo para llevarlo a su casa, ya que su padre finalmente lo había aceptado. Scrooge y el fantasma aparecieron de pronto en una pequeña ciudad y presenciaron una escena alegre. Era el despacho donde Scrooge había tenido su primer trabajo. Su antiguo jefe, el señor Fezziwig, organizaba un baile de Navidad, junto a su esposa y otros jóvenes, amigos de Scrooge. Todos reían, bailaban y cantaban.

—¿Ves, Scrooge? —dijo el espíritu—. No hacía falta dinero para ser feliz.

Scrooge asintió en silencio. Luego apareció una joven hermosa: Belle, su prometida. En la visión, ella rompía el compromiso que tenían. Le decía que él había cambiado, que solo le importaban el trabajo y el dinero. 

Scrooge se tapó la cara con las manos y dijo con lágrimas en los ojos:

—¡Basta! No quiero ver más.

El espíritu desapareció y Scrooge cayó en un sueño profundo.


El segundo espíritu

Al despertar, vio una cálida luz. Frente a él había un fantasma gigante, que tenía un vestido verde y una antorcha en la mano que iluminaba la habitación.

—Soy el Fantasma de la Navidad Presente —dijo sonriendo—. Vamos, Scrooge.

El gigante lo llevó por las calles. Vieron a la gente comprando comida para la cena y regalos, a los niños jugando con la nieve, a las familias cantando villancicos. Todos se veían muy felices. Luego llegaron a la casa de su empleado, Bob Cratchit.

La familia cenaba un pequeño pavo. Se notaba la pobreza de la familia pero también el amor que había entre ellos. Todos estaban alegres. En un rincón, el hijo pequeño de la familia,Tiny Tim, reía con dulzura. Se mantenía con una vieja muleta, ya que estaba enfermo y no podía caminar bien. El niño levantó su copa y dijo:

—¡Dios nos bendiga a todos! 

Scrooge miró al espíritu.

—¿Vivirá ese niño, el pequeño Tiny Tim?

El gigante bajó la cabeza.

—Si el futuro no cambia, morirá.

Scrooge sintió un nudo en la garganta.

Después, el espíritu lo llevó con los mineros, con los marineros, con los pobres. Todos celebraban la Navidad con alegría y esperanza. 

Finalmente, el rostro del gigante empezó a envejecer.

—Mi tiempo se acaba —dijo—. Pero antes de irme, mira bajo mi vestido.

Allí, escondidos, había dos niños tan pobres y miserables que Scrooge sintió miedo y pena por ellos.

— Estos niños son del ser humano. Son la Ignorancia y la Miseria. Ten cuidado de ellos, pero especialmente del primero, de la Ignorancia.

Scrooge intentó hablar, pero el espíritu desapareció, dejando tras de sí un viento helado.


El tercer espíritu

Finalmente apareció el último espíritu: el Fantasma de las Navidades Futuras. Era una figura alta y silenciosa, cubierta con una capa negra. Solo se veía su fría mirada y una mano que salía de entre las sombras.

—¿Vienes a mostrarme el futuro? —preguntó Scrooge.

El espíritu no habló. Solo señaló con el dedo.

Scrooge vio a unos hombres de negocios que él conocía y que respetaba mucho. Ambos se reían mientras hablaban con desprecio e indiferencia de la muerte de un viejo colega. Luego, el espíritu le mostró a una pareja pobre que se alegraba porque el hombre al que le debían dinero, que era miserable y cruel, había muerto. Seguido a esto, viajaron a un tienda donde unas personas vendían los objetos de valor que le habían robado al muerto. Contaban que esta persona había muerto sola y que nadie lloraba ni lamentaba su muerte. Finalmente, el espíritu lo llevó a un cuarto oscuro. Sobre la cama, solo había un cuerpo cubierto con una sábana.

—¿Quién es ese hombre? —preguntó Scrooge temblando.

El espíritu no respondió. Lo condujo hasta un cementerio. Allí, entre la niebla, señaló una tumba.

Scrooge se acercó lentamente y leyó su propio nombre.

—¡No! —gritó—. ¡No quiero morir así! ¡Prometo cambiar! 

Cayó de rodillas, llorando. Pero cuando levantó la cabeza, el espíritu había desaparecido.



La mañana de Navidad

Despertó en su cama. El sol entraba por la ventana. Las campanas sonaban. Era la mañana de Navidad.

—¡Estoy vivo! —gritó—. ¡No es tarde, todavía puedo cambiar!

Corrió a la ventana y llamó a un niño que pasaba.

—¡Eh, chico! ¿Sabes si la tienda de la esquina aún vende aquel gran pavo?

—¡Claro, señor!

—¡Cómpralo! ¡Y llévalo a casa de mi empleado, el señor Cratchit!

Scrooge reía y lloraba al mismo tiempo. Se vistió con su mejor ropa y salió a la calle. Saludó a todos y les deseó felices fiestas. Por primera vez, la gente lo miraba con simpatía y le respondía. 

Se encontró también con los hombres que el día anterior le habían pedido dinero para los pobres y donó una gran cantidad de dinero.

Por último, se dirigió a casa de su sobrino. Estaba nervioso, pero lo recibieron con alegría. Por primera vez en muchos años, Scrooge se sintió parte de una familia.

Al día siguiente llegó temprano a su oficina. Cuando Bob Cratchit entró corriendo, Scrooge le dijo:

—Llega tarde, señor Cratchit —dijo serio— . Y, por eso… le voy a subir el sueldo ¡Feliz Navidad, Bob! 

Bob lo miró sin entender. Scrooge se rió a carcajadas.

Desde aquel día, fue un hombre nuevo. Se convirtió en el amigo, jefe y hombre más bueno del mundo. Ayudó a los pobres y fue como un segundo padre para el pequeño Tiny Tim, quien vivió muchos años. 

Y así fue como el viejo Scrooge vivió siempre con el espíritu de la Navidad.


Una historia hermosa, ¿verdad, estudiante?

“Cuento de Navidad” no solo trata de espíritus y milagros. Habla de algo mucho más profundo: de la posibilidad de cambiar.

Scrooge empieza siendo un hombre egoísta y solitario. Pero cuando se enfrenta a los recuerdos del pasado, a la realidad de su presente y al futuro que le espera, comprende algo esencial: que la verdadera riqueza está en dar, en compartir, en acompañar. Esa es la magia de la Navidad que Dickens quiso recordarnos hace casi dos siglos y que sigue tan viva hoy como en ese momento. Aunque no hace falta que sea Navidad para hacer ese cambio. Es mejor ser así todo el año, ¿no?

Bueno… ojalá esta historia te acompañe en estos días y quién sabe, quizá también te ayude a descubrir, o redescubrir, tu propio espíritu navideño.

Yo quiero, antes de irme compartir contigo un pequeño regalo que he preparado para las personas que como tú escuchan el pódcast cada semana. Si no lo has recibido por correo electrónico, puedes conseguirlo yendo a la web spanishlanguagecoach.com/regalo. Barra es slash.

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Gracias por acompañarme en esta historia tan especial. Y ahora, cuéntame tú qué haces en estas fiestas. Si las celebras o no. Te leo.
¡Te deseo unas felices fiestas! Y también aprovecho para agradecerte este año 2025. Muchísimas gracias por estar al otro lado del micrófono escuchando.

Hasta el próximo episodio y hasta el próximo año. Un abrazo muy, muy grande.


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