Episode Description
Mientras los mercados financieros arrancan 2026 instalados en una sorprendente calma, el tablero geopolítico se reordena a una velocidad que recuerda más a una partida de ajedrez de alto riesgo que a un ajuste gradual del orden mundial. Estados Unidos, China y Rusia parecen repartirse zonas de influencia con una naturalidad inquietante, mientras Europa observa desde la barrera, cada vez con menos peso estratégico. En ese contexto, hay un escenario que los analistas empiezan a señalar como el auténtico cisne negro global: una invasión china de Taiwán.
A diferencia de otros conflictos recientes —la guerra de Ucrania, la intervención estadounidense en Venezuela o incluso las tensiones en Groenlandia e Irán—, los mercados bursátiles han demostrado una capacidad casi asombrosa para mirar hacia otro lado. Las bolsas globales apenas reaccionaron a la invasión rusa de Ucrania; el verdadero impacto se concentró en las materias primas, especialmente en la energía. Hoy, el petróleo vuelve a moverse en un rango relativamente bajo, favorecido por la estrategia de Donald Trump de forzar una energía barata para contener la inflación y allanar futuras bajadas de tipos de interés. Pero Taiwán es otra historia.
El consenso del mercado suele reducir Taiwán a un único nombre: Taiwan Semiconductor Manufacturing Company (TSMC). No es para menos. Un control chino sobre la mayor fundición de chips del mundo supondría un golpe directo al corazón del sector tecnológico global, afectando desde Nvidia hasta el conjunto de la cadena de valor de la inteligencia artificial. A diferencia de otros choques geopolíticos, aquí sí habría un impacto inmediato y visible en las bolsas, especialmente en el Nasdaq.
El verdadero cisne negro
Pero ese no es el verdadero cisne negro. El riesgo sistémico más profundo no está en los chips, sino en el mercado de deuda estadounidense. Taiwán es, de forma poco conocida, un gran tenedor de bonos del Tesoro de Estados Unidos. No a través de su banco central —por eso no aparece en los rankings habituales—, sino mediante aseguradoras y ahorradores privados. Es un mercado con una elevada penetración del ahorro financiero en deuda estadounidense.
En caso de una invasión china, el comportamiento de estos inversores sería radicalmente distinto al de un banco central. No habría ventas ordenadas ni estratégicas. Habría pánico. Venta inmediata, sin mirar precios, para proteger el patrimonio ante un escenario de guerra. Justo lo contrario de lo que los mercados esperan en una crisis geopolítica, donde el refugio natural suele ser precisamente el bono americano.
El día que el activo refugio deje de serlo
Ese es el núcleo del cisne negro: una crisis en la que los inversores no compran bonos del Tesoro, sino que los venden de forma masiva. No se trataría de un colapso estructural —siempre hay comprador para la deuda estadounidense—, pero sí de una dislocación violenta y puntual en precios, con subidas abruptas de rentabilidades y contagio a divisas asiáticas, mercados emergentes y, por extensión, a los activos de riesgo globales.
El paralelismo histórico más cercano no está en 2022, cuando bonos y bolsas cayeron a la vez por culpa de la inflación, sino en la crisis asiática de 1997. Aquella estampida de capitales acabó desembocando, un año después, en la quiebra del hedge fund LTCM y obligó a una intervención coordinada de los grandes bancos centrales. Un escenario que los mercados actuales, centrados en el crecimiento de beneficios y el rally de la inteligencia artificial, simplemente no están descontando.
La sensación de fondo es que las grandes potencias actúan con una tácita aceptación mutua.
Estados Unidos asegura su patio trasero en América Latina y busca recursos en Groenlandia y Argentina. Rusia consolida posiciones clave en Ucrania, ricas en tierras raras y uranio. China observa, paciente, mientras amplía su influencia en Asia-Pacífico y África. En ese reparto implícito, Taiwán aparece como la pieza que aún no se ha movido… pero que todos miran.
Las referencias explícitas de Xi Jinping a la isla en su discurso de inicio de año no han pasado desapercibidas entre los analistas más atentos. Tampoco el hecho de que, hasta ahora, ni Washington ni Bruselas parezcan dispuestos a escalar el tono más allá de lo retórico.
Mercados fuertes… hasta que dejan de estarlo
Por ahora, el mercado manda un mensaje claro: crecimiento de beneficios del 14% en Estados Unidos para 2026, flujos récord hacia ETFs de renta variable, petróleo barato, desinflación y expectativas de bajadas de tipos. Todo ello actúa como combustible para prolongar el ciclo alcista, al menos durante el primer semestre del año.
Pero los cisnes negros no avisan. Y cuando llegan, no lo hacen por el canal que el consenso espera.
Si China cruza el estrecho de Taiwán, el shock no vendrá solo de los semiconductores ni de la tecnología. Vendrá de un lugar mucho más profundo y sensible: el mercado de bonos estadounidense, pilar del sistema financiero global. Ese día, el activo refugio podría dejar de serlo, aunque solo sea por un instante. Y con eso bastaría para que la “calma tensa” actual se transforme en un auténtico tsunami financiero.
Materias primas
Y mientras los inversores siguen debatiendo si el rally de la inteligencia artificial está cerca de su madurez o si aún le queda recorrido, una tendencia mucho más profunda y estructural avanza en segundo plano: la reconfiguración global de las materias primas. No se trata de un movimiento coyuntural ni de una moda especulativa. Es, en palabras de algunos analistas, una auténtica “tercera guerra mundial”, no militar, sino económica, librada a golpe de petróleo, litio, cobre, uranio y tierras raras.
Y como suele ocurrir en los grandes cambios de ciclo, las materias primas están empezando a anticiparse antes que las bolsas.
Y cuando un activo ya ha adelantado a la realidad, es más complicado invertir. Y ahora las materias primas y las compañías mineras crecen con una curva parabólica. Lo más adecuado, seguramente, fuese esperar a un recorte para entrar ahora en este tipo de inversiones. Pero, para quién quiera hacerlo ahora, contamos con el consejo de Joaquín Gómez, director adjunto de elEconomista.es, y Fernando Luque, editor senior de Morningstar, que destacan cuál sería el fondo más adecuado para hacerlo.
Vontobel Commodity H Hedged (LU0415415636)
Este fondo, además, tiene la divisa cubierta. Y hace una gestión activa, que es clave para aprovechar las inversiones en materias primas. Un 35% de su cartera está en metales preciosos, y otro 30% en energía. Por último, hay que destacar que hace una gestión del rollover de los futuros.
A diferencia de otros conflictos recientes —la guerra de Ucrania, la intervención estadounidense en Venezuela o incluso las tensiones en Groenlandia e Irán—, los mercados bursátiles han demostrado una capacidad casi asombrosa para mirar hacia otro lado. Las bolsas globales apenas reaccionaron a la invasión rusa de Ucrania; el verdadero impacto se concentró en las materias primas, especialmente en la energía. Hoy, el petróleo vuelve a moverse en un rango relativamente bajo, favorecido por la estrategia de Donald Trump de forzar una energía barata para contener la inflación y allanar futuras bajadas de tipos de interés. Pero Taiwán es otra historia.
El consenso del mercado suele reducir Taiwán a un único nombre: Taiwan Semiconductor Manufacturing Company (TSMC). No es para menos. Un control chino sobre la mayor fundición de chips del mundo supondría un golpe directo al corazón del sector tecnológico global, afectando desde Nvidia hasta el conjunto de la cadena de valor de la inteligencia artificial. A diferencia de otros choques geopolíticos, aquí sí habría un impacto inmediato y visible en las bolsas, especialmente en el Nasdaq.
El verdadero cisne negro
Pero ese no es el verdadero cisne negro. El riesgo sistémico más profundo no está en los chips, sino en el mercado de deuda estadounidense. Taiwán es, de forma poco conocida, un gran tenedor de bonos del Tesoro de Estados Unidos. No a través de su banco central —por eso no aparece en los rankings habituales—, sino mediante aseguradoras y ahorradores privados. Es un mercado con una elevada penetración del ahorro financiero en deuda estadounidense.
En caso de una invasión china, el comportamiento de estos inversores sería radicalmente distinto al de un banco central. No habría ventas ordenadas ni estratégicas. Habría pánico. Venta inmediata, sin mirar precios, para proteger el patrimonio ante un escenario de guerra. Justo lo contrario de lo que los mercados esperan en una crisis geopolítica, donde el refugio natural suele ser precisamente el bono americano.
El día que el activo refugio deje de serlo
Ese es el núcleo del cisne negro: una crisis en la que los inversores no compran bonos del Tesoro, sino que los venden de forma masiva. No se trataría de un colapso estructural —siempre hay comprador para la deuda estadounidense—, pero sí de una dislocación violenta y puntual en precios, con subidas abruptas de rentabilidades y contagio a divisas asiáticas, mercados emergentes y, por extensión, a los activos de riesgo globales.
El paralelismo histórico más cercano no está en 2022, cuando bonos y bolsas cayeron a la vez por culpa de la inflación, sino en la crisis asiática de 1997. Aquella estampida de capitales acabó desembocando, un año después, en la quiebra del hedge fund LTCM y obligó a una intervención coordinada de los grandes bancos centrales. Un escenario que los mercados actuales, centrados en el crecimiento de beneficios y el rally de la inteligencia artificial, simplemente no están descontando.
La sensación de fondo es que las grandes potencias actúan con una tácita aceptación mutua.
Estados Unidos asegura su patio trasero en América Latina y busca recursos en Groenlandia y Argentina. Rusia consolida posiciones clave en Ucrania, ricas en tierras raras y uranio. China observa, paciente, mientras amplía su influencia en Asia-Pacífico y África. En ese reparto implícito, Taiwán aparece como la pieza que aún no se ha movido… pero que todos miran.
Las referencias explícitas de Xi Jinping a la isla en su discurso de inicio de año no han pasado desapercibidas entre los analistas más atentos. Tampoco el hecho de que, hasta ahora, ni Washington ni Bruselas parezcan dispuestos a escalar el tono más allá de lo retórico.
Mercados fuertes… hasta que dejan de estarlo
Por ahora, el mercado manda un mensaje claro: crecimiento de beneficios del 14% en Estados Unidos para 2026, flujos récord hacia ETFs de renta variable, petróleo barato, desinflación y expectativas de bajadas de tipos. Todo ello actúa como combustible para prolongar el ciclo alcista, al menos durante el primer semestre del año.
Pero los cisnes negros no avisan. Y cuando llegan, no lo hacen por el canal que el consenso espera.
Si China cruza el estrecho de Taiwán, el shock no vendrá solo de los semiconductores ni de la tecnología. Vendrá de un lugar mucho más profundo y sensible: el mercado de bonos estadounidense, pilar del sistema financiero global. Ese día, el activo refugio podría dejar de serlo, aunque solo sea por un instante. Y con eso bastaría para que la “calma tensa” actual se transforme en un auténtico tsunami financiero.
Materias primas
Y mientras los inversores siguen debatiendo si el rally de la inteligencia artificial está cerca de su madurez o si aún le queda recorrido, una tendencia mucho más profunda y estructural avanza en segundo plano: la reconfiguración global de las materias primas. No se trata de un movimiento coyuntural ni de una moda especulativa. Es, en palabras de algunos analistas, una auténtica “tercera guerra mundial”, no militar, sino económica, librada a golpe de petróleo, litio, cobre, uranio y tierras raras.
Y como suele ocurrir en los grandes cambios de ciclo, las materias primas están empezando a anticiparse antes que las bolsas.
Y cuando un activo ya ha adelantado a la realidad, es más complicado invertir. Y ahora las materias primas y las compañías mineras crecen con una curva parabólica. Lo más adecuado, seguramente, fuese esperar a un recorte para entrar ahora en este tipo de inversiones. Pero, para quién quiera hacerlo ahora, contamos con el consejo de Joaquín Gómez, director adjunto de elEconomista.es, y Fernando Luque, editor senior de Morningstar, que destacan cuál sería el fondo más adecuado para hacerlo.
Vontobel Commodity H Hedged (LU0415415636)
Este fondo, además, tiene la divisa cubierta. Y hace una gestión activa, que es clave para aprovechar las inversiones en materias primas. Un 35% de su cartera está en metales preciosos, y otro 30% en energía. Por último, hay que destacar que hace una gestión del rollover de los futuros.